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Recreacionistas
(27 de septiembre de 2005)
¿Alguna
vez ha dictado usted una clase? Probablemente recuerde algunas
anécdotas de aula, cuando pasaban sin preocupación los tiempos
del colegio o de la universidad. En muchos casos, usted era el
protagonista de anécdotas curiosas, entre las que seguramente
habrá que mencionar las copias en los exámenes, las preguntas
sin sentido y hasta las terribles exposiciones a las que, más
de uno, se enfrentaba con temblor en el cuerpo y sudor en las
manos.
La
tarea docente conserva muchos ingredientes de los que hace varios
años la hicieron una profesión respetable: El profesor, el maestro
o docente, como se quiera llamar, era una persona revestida de
un respeto ganado por su capacidad investigativa, por la capacidad
intelectual para conectar ideas y proponer caminos para el avance
del conocimiento y, lógicamente, por ser una persona íntegra,
plena de valores tan importantes como la equidad, la puntualidad
y el carácter que lo convertía en ejemplo de vida y sinónimo de
rectitud y lealtad.
Sin
embargo, los tiempos cambian y los métodos docentes, propuestos
en muchos casos por las áreas de apoyo (la pedagogía y la didáctica)
también lo hacen. Desde hace algunos años la cátedra universitaria
se inundó de propuestas de cambio, orientadas a darle una mayor
participación al estudiante, permitiéndole interactuar en escenarios
nuevos y asumir una posición más propositiva que de simple espectador.
Los objetivos del proceso eran, inobjetablemente, benéficos para
la educación.
No
obstante, las universidades colombianas enfrentan un reto con
el que ningún asesor docente se imaginó: La época de transformaciones
evolucionó a una cultura ligera, despreocupada y hasta irresponsable,
en la que los más jóvenes adoptan en los colegios unas costumbres
basadas en la libertad que propone el hecho de no hacer nada,
de pasar el tiempo en medio de actividades lúdicas que faciliten
el crecimiento del hemisferio derecho del cerebro, el mismo que
guarda las capacidades creativas y al aire libre y, por lo tanto,
los padres de familia resultan tolerantes y propicios para ingresar
en la misma cultura, a lo que hay que sumar el hecho de que los
jóvenes dopados por medicamentos contra la hiperactividad llegan,
en algún momento, a un escenario universitario.
En
otras palabras, vivimos en una cultura nueva. Las tecnologías
de la información y la comunicación aportan la inmediatez, la
multiplicidad de opciones y las herramientas para el aprendizaje
y para el contacto con el resto del mundo pero, volviendo al comienzo,
¿qué le aportan a la actividad docente?
Las
aulas modernas, las de hoy, están llenas de jóvenes con actitudes
más complejas que las de los jóvenes de hace algunos años, y esas
actitudes parecen requerir de un nuevo docente, de un nuevo maestro
o profesor, como se le quiera llamar. La cátedra rígida, académica
y preparada con ahínco y pasión resulta un ladrillo, un monumento
al tedio para los jóvenes interactivos ante quienes el sólo asomo
de la palabra experiencia parece horrorizar, aunque al querer
introducir al aula de clase las tecnologías mencionadas anteriormente,
los educandos adoptan el Messenger como recurso para divertirse
mientras el profe se desgasta inútilmente ante el tablero.
Estamos
ante una generación ligera, propensa al excesivo uso del hemisferio
derecho en perjuicio del izquierdo. En las aulas veo a una generación
de personas quienes, con algunas excepciones, no tienen visión
de futuro. La pedagogía y la didáctica parecen mandadas a recoger
porque, finalmente, los estudiantes parecen querer en sus aulas
a recreacionistas que los diviertan, en lugar de docentes, maestros
o profesores (usted elige) que los acompañen en sus procesos de
formación profesional.
Con
este panorama le repito la pregunta: ¿Alguna vez ha dictado usted
una clase? Si la respuesta es sí, permítame felicitarlo por su
valor, capacidad profesional y arrojo. Si su respuesta es no,
le pido que por favor le pregunte por estos comentarios a quienes
sí lo han hecho. Tal vez lo que ellos le digan le cause una sorpresa
mucho mayor de la que estas líneas, posiblemente, le hayan causado
ya.
Juan
Pablo Ramírez
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