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La
enseñanza del videojuego
(11 de septiembre de 2005)
Muchas
veces se ha dicho que los juegos de video son perjudiciales. Hay
quienes basan sus afirmaciones en el estado de aislamiento al
que se ven reducidos los players, obviando casi cualquier contacto
exterior con otro ser humano y dejando todas sus energías en solucionar
lo que pasa en la pantalla.
En
otros casos, los juegos de video resultan mucho más entretenidos
que ver televisión corriente, o por lo menos esa es la sensación
reinante luego de que, por enésima vez y en fin de semana, la
televisión nacional proyecta la misma película de actores de acción
como Jean Claude Van Dame o Jackie Chan.
Los
juegos se convirtieron en una herramienta para el entretenimiento
y para distraer la mente de los razonamientos cotidianos, y eso
es algo que vale la pena permitir. Con la práctica de juegos de
rol, de estrategia o de primera persona, por sólo mencionar algunos,
las alternativas para sentirse dueño del mundo son tan variadas
como divertidas, y eso les otorga cualidades inigualables.
Sin
embargo, quiero referirme a un aspecto puntual de mi experiencia
reciente con los juegos de video. Hace algunos días recibí dos
juegos de estrategia, de los más conocidos en el mercado. Una
vez los instalé y comencé la tarea de aprender a jugarlos, comenzaron
a cambiar algunas cosas rutinarias: No era tan importante la hora
de la noche en la que iniciara una sesión para continuar con las
aventuras, y con la herramienta disponible para guardar las acciones
realizadas, la sesión ya supera las tres semanas de actividad.
Y
precisamente en una de las últimas sesiones, cuando todo estaba
perdido y sólo quedaba un aldeano para volver a comenzar la gesta
heroica propuesta por el juego, pasó lo inimaginable: Ese aldeano,
solo, comenzó a trabajar para obtener los recursos necesarios,
crear un ejército y preparar la avanzada estratégica, que dio
como resultado la colonización de poblados abandonados y el reclutamiento
de nuevos aldeanos y jugadores. Al final de la partida, que duró
unas seis horas en total, pude comenzar a jugar en el próximo
escenario.
Recordé
con el juego que las oportunidades no están siempre en el mismo
lugar, que el trabajo en equipo permite alcanzar cualquier meta,
y que salir del pequeño territorio en el que vivimos puede facilitar
nuevos recursos, nuevas personas y nuevas oportunidades.
Aprendí,
con el juego de video, que mi vida tiene una proyección más lejana
de la que yo mismo le he dado en los últimos años. Si un amante
de los talleres de superación personal recibe este mensaje, tal
vez piense muy en serio que algo anda mal dentro de mi. La verdad,
luego de hacer muchos de aquellos talleres, el video juego me
mostró lo que algunos de aquellos ejercicios no lograron: El espejo
de mi propia vida.
Ahora,
con la cabeza puesta en el mundo de la virtualidad, debo reconocer
que el papel de la tecnología en la construcción de sueños vitales
es también un asunto de estrategia. De cara a los nuevos órdenes
globales, no hay que descuidar ningún elemento, y eso incluye
la diversión tecnológica, de la que me siento una víctima feliz.
Juan
Pablo Ramírez
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